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Joel Salatin, el granjero que sueña con hacer la comida más sana

Cuando Joel Salatin (Ohio, 1957) entra en el supermercado se va directo a la zona de la carnicería para ver cómo están los precios, mientras su mujer Teresa coge el papel higiénico y los pañuelos. Es lo único que necesitan adquirir para su día a día fuera de su granja familiar, Polyface, situada en el valle de Shenandoah en Virginia (EEUU). Allí producen prácticamente toda la comida que consumen y lo hacen de forma sostenible, sin químicos, sin pesticidas, sin fertilizantes. «Bueno, reconozco que me pierden los plátanos, me crié en Venezuela. Es mi capricho», confiesa entre risas. Salatin está considerado el gurú de la agricultura ecológica; para la revista ‘Time’ es «el granjero más innovador del mundo». Cristiano, libertario, ecologista, lunático y capitalista, como él mismo se define, este americano campechano e irónico ha viajado hasta Madrid para hablar de su libro ‘Esto no es normal. Recomendaciones de un granjero que ama a los animales’ (Ed. Diente de León), un reflejo de sus ideas y su causa, la que defiende las pequeñas granjas, las cooperativas locales y «una relación productor-consumidor más directa que permita una mayor libertad de elección a éste». Este libro se cocinó en sus charlas a estudiantes en universidades americanas, porque hasta aquí se escucha su voz. «Ahí aprecié lo mucho que ha cambiado el mundo», y no quiso quedarse al margen. Pero que nadie se confunda. «No pienso que nuestros ancestros vivieran mejor. Simplemente trato de buscar patrones que hayan funcionado a lo largo del tiempo».
CAMBIOS A MEDIO PLAZO
No estamos cuidando el medio ambiente como deberíamos, de eso hay pocas dudas, pero quizá la cuestión ahora sea cómo reconducir la situación. Hay varias cuestiones que a medio o largo plazo pueden tener consecuencias importantes, advierte Salatin, si no se cambian hábitos y filosofía: «Tenemos cada vez tierras menos fértiles; menos agua, incluso hay quien habla de que las próximas guerras serán por ésta, y cada vez la calidad de la comida es peor. Calidad me refiero a valor nutricional. La mortalidad por enfermedades crónicas está aumentando; antes moríamos por enfermedades infecciosas, ahora no. Por no hablar de alergias, intolerancias… El coste de mantener la salud cada vez es mayor y eso indica que no vamos en la dirección correcta«.Salatin carga las tintas contra el Gobierno de EEUU y la industria alimentaria: «El Gobierno debería dar libertad para que cada uno elija lo que quiere comer y de la fuente que quiera. Si tú haces un excelente pepperoni y yo quiero comprarte dos kilos, el gobierno no me dejaría porque tendría que haber unos controles y unas inspecciones. Yo quiero que esa burocracia desaparezca; que el gobierno permita una relación directa entre granjero y consumidor». Esto no significa que se oponga a las normativas de sanidad, lo que pide es que éstas no requieran grandes inversiones cuando existen alternativas asequibles. En este sentido, también demanda que se deje de «subvencionar a las granjas industriales o a la agricultura química que está destruyendo nuestros recursos…». Vende de maravilla su discurso; algo tendrán que ver sus competiciones de debate en sus años de instituto y universidad -estudió lengua inglesa-. Salatin siempre quiso ser granjero, según reconoce en el libro. Sus hijos se educaron en casa, no fueron a la escuela, y los dos son parte hoy de este proyecto vital. «Daniel se encarga de gestionar el día a día en la granja; Rachel, que estudió Empresariales y Diseño de Interiores, se centra en cuidar y mejorar la imagen de Polyface». Hoy viven cuatro generaciones de la familia en sus tierras, 40 hectáreas donde crían gallinas, vacas, conejos, cerdos y cultivan frutas y verduras, entre otras cosas.
Defender su modelo, cuenta, le ha acarreado recibir «las presiones de los reguladores», sin embargo, no le han llegado desde la industria alimentaria, cuyo modelo critica duramente. Tres pinceladas sobre lo mucho que desconocemos, bajo su punto de vista, de esta «bestia»: «A la industria no le importa nada la nutrición; cuanto más barata es la comida, peor calidad; los granjeros sólo obtienen el 9% del dinero que se paga en la tienda por un producto». Tirando de símil, su lucha contra ésta es como «cavar un sótano con una pala de plástico de playa».
El gobierno, los granjeros subvencionados, la industria…, y usted y yo, como consumidores, a cuya responsabilidad también apela. «Nos encantaría culpar a los granjeros o a la industria, pero lo cierto es que los primeros producen aquello que quieren los consumidores. El sistema alimentario que tenemos es un reflejo de la sociedad. Si queremos que las cosas sean diferentes en el futuro, es el consumidor el que tiene que dar el primer paso y cambiar sus demandas».

SENTIDO COMÚN

La comida rápida es una de las epidemias de nuestro tiempo. «Preparar una comida consiste en utilizar ingredientes sin procesar y ponerlos juntos para crear un plato», explica en su libro, donde el sentido común y el humor acompañan cada capítulo. Lo anormal no es que de vez en cuando apetezca esta opción, sino «el porcentaje de comidas rápidas, su escasa variedad en contenidos, la uniformidad que las cadenas de comida rápida requieren y que sus protocolos dejan fuera al suministro local». En sus visitas al supermercado se ha aficionado también a leer las etiquetas de la comida industrial. «Tienes que ser químico y adorar la terminología científica para entenderlas», reflexiona sobre el papel. Complicado debatir sobre las ventajas de un alimento sobre otro si no entiendes ni siquiera lo que lees. Faltan cinco minutos para que empiece su charla en Impact Hub, un espacio de ‘coworking’ en el centro de Madrid. Al día siguiente, imparte una ‘masterclass’ en la Finca Dehesa El Milagro sobre su manera de entender la agricultura, «tan aplicable en zonas del Mediterráneo como en América Central». En la sala hay jóvenes, familias, mayores… Salatin sitúa su banqueta delante del público. «Es la primera vez en la historia de la Humanidad que podemos comer cosas que no podemos hacer en nuestra propia cocina», explica convencido. Ha dormido poco, pero no se nota. El mensaje es lo importante. «Yo no quiero ampliar mi negocio, quiero producir la mejor comida y la más sana». Fuente: El mundo

Joel Salatin, el granjero que sueña con hacer la comida más sana

Cuando Joel Salatin (Ohio, 1957) entra en el supermercado se va directo a la zona de la carnicería para ver cómo están los precios, mientras su mujer Teresa coge el papel higiénico y los pañuelos. Es lo único que necesitan adquirir para su día a día fuera de su granja familiar, Polyface, situada en el valle de Shenandoah en Virginia (EEUU). Allí producen prácticamente toda la comida que consumen y lo hacen de forma sostenible, sin químicos, sin pesticidas, sin fertilizantes. «Bueno, reconozco que me pierden los plátanos, me crié en Venezuela. Es mi capricho», confiesa entre risas. Salatin está considerado el gurú de la agricultura ecológica; para la revista ‘Time’ es «el granjero más innovador del mundo». Cristiano, libertario, ecologista, lunático y capitalista, como él mismo se define, este americano campechano e irónico ha viajado hasta Madrid para hablar de su libro ‘Esto no es normal. Recomendaciones de un granjero que ama a los animales’ (Ed. Diente de León), un reflejo de sus ideas y su causa, la que defiende las pequeñas granjas, las cooperativas locales y «una relación productor-consumidor más directa que permita una mayor libertad de elección a éste». Este libro se cocinó en sus charlas a estudiantes en universidades americanas, porque hasta aquí se escucha su voz. «Ahí aprecié lo mucho que ha cambiado el mundo», y no quiso quedarse al margen. Pero que nadie se confunda. «No pienso que nuestros ancestros vivieran mejor. Simplemente trato de buscar patrones que hayan funcionado a lo largo del tiempo».
CAMBIOS A MEDIO PLAZO
No estamos cuidando el medio ambiente como deberíamos, de eso hay pocas dudas, pero quizá la cuestión ahora sea cómo reconducir la situación. Hay varias cuestiones que a medio o largo plazo pueden tener consecuencias importantes, advierte Salatin, si no se cambian hábitos y filosofía: «Tenemos cada vez tierras menos fértiles; menos agua, incluso hay quien habla de que las próximas guerras serán por ésta, y cada vez la calidad de la comida es peor. Calidad me refiero a valor nutricional. La mortalidad por enfermedades crónicas está aumentando; antes moríamos por enfermedades infecciosas, ahora no. Por no hablar de alergias, intolerancias… El coste de mantener la salud cada vez es mayor y eso indica que no vamos en la dirección correcta«.Salatin carga las tintas contra el Gobierno de EEUU y la industria alimentaria: «El Gobierno debería dar libertad para que cada uno elija lo que quiere comer y de la fuente que quiera. Si tú haces un excelente pepperoni y yo quiero comprarte dos kilos, el gobierno no me dejaría porque tendría que haber unos controles y unas inspecciones. Yo quiero que esa burocracia desaparezca; que el gobierno permita una relación directa entre granjero y consumidor». Esto no significa que se oponga a las normativas de sanidad, lo que pide es que éstas no requieran grandes inversiones cuando existen alternativas asequibles. En este sentido, también demanda que se deje de «subvencionar a las granjas industriales o a la agricultura química que está destruyendo nuestros recursos…». Vende de maravilla su discurso; algo tendrán que ver sus competiciones de debate en sus años de instituto y universidad -estudió lengua inglesa-. Salatin siempre quiso ser granjero, según reconoce en el libro. Sus hijos se educaron en casa, no fueron a la escuela, y los dos son parte hoy de este proyecto vital. «Daniel se encarga de gestionar el día a día en la granja; Rachel, que estudió Empresariales y Diseño de Interiores, se centra en cuidar y mejorar la imagen de Polyface». Hoy viven cuatro generaciones de la familia en sus tierras, 40 hectáreas donde crían gallinas, vacas, conejos, cerdos y cultivan frutas y verduras, entre otras cosas.
Defender su modelo, cuenta, le ha acarreado recibir «las presiones de los reguladores», sin embargo, no le han llegado desde la industria alimentaria, cuyo modelo critica duramente. Tres pinceladas sobre lo mucho que desconocemos, bajo su punto de vista, de esta «bestia»: «A la industria no le importa nada la nutrición; cuanto más barata es la comida, peor calidad; los granjeros sólo obtienen el 9% del dinero que se paga en la tienda por un producto». Tirando de símil, su lucha contra ésta es como «cavar un sótano con una pala de plástico de playa».
El gobierno, los granjeros subvencionados, la industria…, y usted y yo, como consumidores, a cuya responsabilidad también apela. «Nos encantaría culpar a los granjeros o a la industria, pero lo cierto es que los primeros producen aquello que quieren los consumidores. El sistema alimentario que tenemos es un reflejo de la sociedad. Si queremos que las cosas sean diferentes en el futuro, es el consumidor el que tiene que dar el primer paso y cambiar sus demandas».

SENTIDO COMÚN

La comida rápida es una de las epidemias de nuestro tiempo. «Preparar una comida consiste en utilizar ingredientes sin procesar y ponerlos juntos para crear un plato», explica en su libro, donde el sentido común y el humor acompañan cada capítulo. Lo anormal no es que de vez en cuando apetezca esta opción, sino «el porcentaje de comidas rápidas, su escasa variedad en contenidos, la uniformidad que las cadenas de comida rápida requieren y que sus protocolos dejan fuera al suministro local». En sus visitas al supermercado se ha aficionado también a leer las etiquetas de la comida industrial. «Tienes que ser químico y adorar la terminología científica para entenderlas», reflexiona sobre el papel. Complicado debatir sobre las ventajas de un alimento sobre otro si no entiendes ni siquiera lo que lees. Faltan cinco minutos para que empiece su charla en Impact Hub, un espacio de ‘coworking’ en el centro de Madrid. Al día siguiente, imparte una ‘masterclass’ en la Finca Dehesa El Milagro sobre su manera de entender la agricultura, «tan aplicable en zonas del Mediterráneo como en América Central». En la sala hay jóvenes, familias, mayores… Salatin sitúa su banqueta delante del público. «Es la primera vez en la historia de la Humanidad que podemos comer cosas que no podemos hacer en nuestra propia cocina», explica convencido. Ha dormido poco, pero no se nota. El mensaje es lo importante. «Yo no quiero ampliar mi negocio, quiero producir la mejor comida y la más sana». Fuente: El mundo

Joel Salatin, el granjero que sueña con hacer la comida más sana

Cuando Joel Salatin (Ohio, 1957) entra en el supermercado se va directo a la zona de la carnicería para ver cómo están los precios, mientras su mujer Teresa coge el papel higiénico y los pañuelos. Es lo único que necesitan adquirir para su día a día fuera de su granja familiar, Polyface, situada en el valle de Shenandoah en Virginia (EEUU). Allí producen prácticamente toda la comida que consumen y lo hacen de forma sostenible, sin químicos, sin pesticidas, sin fertilizantes. «Bueno, reconozco que me pierden los plátanos, me crié en Venezuela. Es mi capricho», confiesa entre risas. Salatin está considerado el gurú de la agricultura ecológica; para la revista ‘Time’ es «el granjero más innovador del mundo». Cristiano, libertario, ecologista, lunático y capitalista, como él mismo se define, este americano campechano e irónico ha viajado hasta Madrid para hablar de su libro ‘Esto no es normal. Recomendaciones de un granjero que ama a los animales’ (Ed. Diente de León), un reflejo de sus ideas y su causa, la que defiende las pequeñas granjas, las cooperativas locales y «una relación productor-consumidor más directa que permita una mayor libertad de elección a éste». Este libro se cocinó en sus charlas a estudiantes en universidades americanas, porque hasta aquí se escucha su voz. «Ahí aprecié lo mucho que ha cambiado el mundo», y no quiso quedarse al margen. Pero que nadie se confunda. «No pienso que nuestros ancestros vivieran mejor. Simplemente trato de buscar patrones que hayan funcionado a lo largo del tiempo».
CAMBIOS A MEDIO PLAZO
No estamos cuidando el medio ambiente como deberíamos, de eso hay pocas dudas, pero quizá la cuestión ahora sea cómo reconducir la situación. Hay varias cuestiones que a medio o largo plazo pueden tener consecuencias importantes, advierte Salatin, si no se cambian hábitos y filosofía: «Tenemos cada vez tierras menos fértiles; menos agua, incluso hay quien habla de que las próximas guerras serán por ésta, y cada vez la calidad de la comida es peor. Calidad me refiero a valor nutricional. La mortalidad por enfermedades crónicas está aumentando; antes moríamos por enfermedades infecciosas, ahora no. Por no hablar de alergias, intolerancias… El coste de mantener la salud cada vez es mayor y eso indica que no vamos en la dirección correcta«.Salatin carga las tintas contra el Gobierno de EEUU y la industria alimentaria: «El Gobierno debería dar libertad para que cada uno elija lo que quiere comer y de la fuente que quiera. Si tú haces un excelente pepperoni y yo quiero comprarte dos kilos, el gobierno no me dejaría porque tendría que haber unos controles y unas inspecciones. Yo quiero que esa burocracia desaparezca; que el gobierno permita una relación directa entre granjero y consumidor». Esto no significa que se oponga a las normativas de sanidad, lo que pide es que éstas no requieran grandes inversiones cuando existen alternativas asequibles. En este sentido, también demanda que se deje de «subvencionar a las granjas industriales o a la agricultura química que está destruyendo nuestros recursos…». Vende de maravilla su discurso; algo tendrán que ver sus competiciones de debate en sus años de instituto y universidad -estudió lengua inglesa-. Salatin siempre quiso ser granjero, según reconoce en el libro. Sus hijos se educaron en casa, no fueron a la escuela, y los dos son parte hoy de este proyecto vital. «Daniel se encarga de gestionar el día a día en la granja; Rachel, que estudió Empresariales y Diseño de Interiores, se centra en cuidar y mejorar la imagen de Polyface». Hoy viven cuatro generaciones de la familia en sus tierras, 40 hectáreas donde crían gallinas, vacas, conejos, cerdos y cultivan frutas y verduras, entre otras cosas.
Defender su modelo, cuenta, le ha acarreado recibir «las presiones de los reguladores», sin embargo, no le han llegado desde la industria alimentaria, cuyo modelo critica duramente. Tres pinceladas sobre lo mucho que desconocemos, bajo su punto de vista, de esta «bestia»: «A la industria no le importa nada la nutrición; cuanto más barata es la comida, peor calidad; los granjeros sólo obtienen el 9% del dinero que se paga en la tienda por un producto». Tirando de símil, su lucha contra ésta es como «cavar un sótano con una pala de plástico de playa».
El gobierno, los granjeros subvencionados, la industria…, y usted y yo, como consumidores, a cuya responsabilidad también apela. «Nos encantaría culpar a los granjeros o a la industria, pero lo cierto es que los primeros producen aquello que quieren los consumidores. El sistema alimentario que tenemos es un reflejo de la sociedad. Si queremos que las cosas sean diferentes en el futuro, es el consumidor el que tiene que dar el primer paso y cambiar sus demandas».

SENTIDO COMÚN

La comida rápida es una de las epidemias de nuestro tiempo. «Preparar una comida consiste en utilizar ingredientes sin procesar y ponerlos juntos para crear un plato», explica en su libro, donde el sentido común y el humor acompañan cada capítulo. Lo anormal no es que de vez en cuando apetezca esta opción, sino «el porcentaje de comidas rápidas, su escasa variedad en contenidos, la uniformidad que las cadenas de comida rápida requieren y que sus protocolos dejan fuera al suministro local». En sus visitas al supermercado se ha aficionado también a leer las etiquetas de la comida industrial. «Tienes que ser químico y adorar la terminología científica para entenderlas», reflexiona sobre el papel. Complicado debatir sobre las ventajas de un alimento sobre otro si no entiendes ni siquiera lo que lees. Faltan cinco minutos para que empiece su charla en Impact Hub, un espacio de ‘coworking’ en el centro de Madrid. Al día siguiente, imparte una ‘masterclass’ en la Finca Dehesa El Milagro sobre su manera de entender la agricultura, «tan aplicable en zonas del Mediterráneo como en América Central». En la sala hay jóvenes, familias, mayores… Salatin sitúa su banqueta delante del público. «Es la primera vez en la historia de la Humanidad que podemos comer cosas que no podemos hacer en nuestra propia cocina», explica convencido. Ha dormido poco, pero no se nota. El mensaje es lo importante. «Yo no quiero ampliar mi negocio, quiero producir la mejor comida y la más sana». Fuente: El mundo

Impact Hub Alameda recibe a Joel Salatin

El 16 de abril tenemos una cita con la sostenibilidad medioambiental a través del primer libro en castellano de Joel Salatin «Esto no es normal» y que estará con nosotros en el Impact Hub Alameda en una charla gratuita. (Imprescindible inscripción en este enlace) os queremos acercar este evento que estamos organizando con las primeras palabras del libro, el prefacio: Quizá la lección más importante que he aprendido mientras impartía seminarios por todo el mundo es cuánto nos parecemos. Puede que nuestros políticos, nuestro clima y nuestras tradiciones sean diferentes, pero todos tenemos palabras para definir las mismas emociones, todos comemos y todos dependemos por completo de una tierra productiva para sobrevivir. Todos necesitamos agricultores. Otra similitud que compartimos es la edad avanzada de los agricultores. Esta es más acusada en Japón, donde la edad media ha llegado a los setenta años, pero es similar en la mayoría de los países desarrollados. En Estados Unidos ahora mismo la media está en sesenta años, prácticamente igual que en toda Europa. Por lo tanto, a lo largo de las próximas dos décadas, más o menos, la mitad del patrimonio agrícola (tierras, edificaciones y maquinaria) cambiará de manos. ¿A manos de quién? ¿Quién controlará este cambio? Esta transición es tan aterradora como emocionante. Significa que aquellos que saben cómo ganarse la vida trabajando la tierra tendrán una oportunidad sin precedentes. El paradigma actual altamente capitalizado y basado en monocultivos de alimentos de primera necesidad tiene poco que ofrecer a la próxima generación. De ahí la falta de sucesión. Pero los nuevos modelos de producción diversificados, centrados en lo local y en la densidad nutricional de los alimentos, ofrecen a la siguiente generación una puerta de entrada a la más sagrada de todas las vocaciones. Si sabes cómo ganarte la vida trabajando la tierra, si puedes gestionar el paisaje para lograr belleza estética y aromática, si entiendes cómo se construye una tierra fértil, entonces te irá mejor que a cualquier otra generación agraria. El tipo de agricultura que defiendo en este libro sustituye las grandes inversiones de capital, energía y productos farmacéuticos por grandes inversiones en personal y gestión. Es un intercambio positivo y una promesa para las sociedades con altas tasas de desempleo. Además, la agricultura ofrece una vocación noble y sagrada para los millones de personas que no quieran pasar su vida enjauladas en cubículos y sentadas delante de un ordenador. Somos muchos los que adoramos trabajar con las manos, tener callos y mantenernos vitales con un trabajo intenso. La participación visceral en la naturaleza a través del trabajo físico nos otorga sentido común y una satisfacción que reafirma el alma. Esto no es ganarse la vida, esto es vida. El tipo de agricultura promovida en este libro es tan aplicable en las zonas costeras del Mediterráneo como lo es en el País Vasco, en América Central o en el extremo sur del continente americano. El alcance de la lengua española, legado de una cultura visionaria, llega ahora hasta mi corazón y nos conecta con la esperanza de una tierra sanada y un impulso agrario emprendedor. Me siento agradecido y afortunado sabiendo que estas ideas encontrarán ahora un lugar en los corazones de muchas más personas. Gracias, muchas gracias a todos.  Joel Salatin – Polyface Farm, 2017        

«El mejor agricultor del mundo» visitará Toledo en abril

Joel Salatin, referente en producción agroecológica, impartirá una masterclass en Dehesa el Milagro, en Alcañizo

La granja ecológica Dehesa El Milagro acogerá un curso de Joel Salatin, referente en producción agroecológica a nivel mundial. La revista TIME le ha definido como «el granjero más innovador del mundo» y el periódico The Atlantic se refiere a él como «el sumo sacerdote de las granjas de pastoreo» y sirve de inspiración a los nuevos granjeros de todo el mundo. La masterclass tendrá lugar el 18 y 19 de abril en Alcañizo (Toledo). Durante dos intensas jornadas, Salatin compartirá con los asistentes sus teorías y experiencias sobre agricultura y ganadería sostenible. Se tratarán asuntos como la gestión de la fertilidad del suelo, el uso del agua, pastoreo, compost, vallados, infraestructuras móviles, venta directa, planificación de personal, etc. El precio de la inscripción al curso es de 290 euros en venta anticipada y 330 euros a partir del 1 de abril; e incluye el almuerzo elaborado con productos ecológicos de El MilagroJoel Salatin es un férreo defensor de las pequeñas granjas, las cooperativas locales y el derecho a tener a otra opción fuera del paradigma de la agricultura industrial. «Imitar a la naturaleza es el futuro de un sistema agrario realmente ecologico y eficiente». Desde su propia explotación www.polyfacefarms.com en Virginia (EE.UU.) libre de productos químicos ha desarrollado un sistema de producción que permite producir grandes cantidades de alimentos nutritivos obtenidos de forma respetuosa con las personas, el ganado y el medioambiente. Joel Salatin es autor del libro «Esto no es normal», de la editorial Diente de León y ha dado conferencias alrededor del mundo abanderando la producción de alimentos no industriales. Es colaborador habitual de revistas como Stockman Grass Farmer, Acres U.S.A. y Mother Earth News. La organización de estas jornadas responde al propósito de Dehesa El Milagro de ser un centro divulgativo de intercambio de conocimientos y experiencias. Blanca Entrecanales, fundadora de Dehesa El Milagro, subraya la importancia de que los consumidores sepan de dónde proceden los alimentos y conozcan las condiciones de su producción. Con este objetivo Dehesa El Milagro realiza múltiples actividades en consonancia con el medio ambiente, el cultivo tradicional y el respeto por la Naturaleza.

Acerca de la Dehesa El Milagro

La apuesta personal de Blanca Entrecanales Domecq y su mano derecha, Arturo Grinda, es una granja ecológica dedicada a la agricultura y la ganadería. Un proyecto pionero situado en la provincia de Toledo, que emplea una fórmula de explotación sostenible, regenerativa. Bajo la premisa de una explotación 100% ecológica de los recursos naturales de los que disponen; nunca utilizan productos químicos, pesticidas ni transgénicos en sus alimentos. El Milagro aspira a liderar un sistema de explotación agropecuaria que resulte viable económicamente y que respete el entorno; para ello aúnan esfuerzos con otras fincas de zona. Cada semana distribuyen sus productos: hortalizas, huevos y carne ecológica de ternera y pollo, junto con productos elaborados, por toda la península ibérica. Se encargan online y se reciben cómodamente en casa. Fuente: ABC

2 días con el mejor granjero del mundo

El pasado 21 de octubre presentamos en el Aula Ambiental Bosc Turull en Barcelona nuestro segundo libro “Esto no es normal” de Joel Salatin y el primero del autor en castellano. Para esta presentación nos reservamos dos días que utilizamos para presentar el libro a través de una mesa de debates con ganaderos de diferentes partes de la península y una visita a Planeses en Girona para ver de primera mano un modelo de gestión y producción de alimentos ecológicos. En nuestro blog puedes conocer la experiencia de esos días. Pero algo cambia en nosotros cuando conocemos de primera mano  la visión de este granjero lunático, al igual que cuando compartimos  con agricultores y ganaderos que siguen sus pasos, que aman a los animales, y que nos hacen preguntarnos cómo es posible que nos hayamos alejado tanto de la naturaleza. Este comportamiento y relación con el medio ambiente influye en nuestra alimentación e irremediablemente en nuestra salud. Estos días en las redes hemos querido aportar información en castellano sobre Joel Salatin para acercar su visión. En este campo, Mónica Fernández Perea traductora del libro, asesora de la editorial y coordinadora de la primera plataforma de divulgación y comercialización de carne de pasto, DeYerba hace en su blog disidente un fantástico trabajo de divulgación. Podemos encontrar vídeos traducidos al castellano, entrevistas, series de post y algún post más que seguramente os dejará con ganas de más.  Con esas ganas de más, de aprender, de cambiar, de seguir… nos hemos involucrado en la próxima visita de Joel Salatin a España, no es su primera vez pero esta vez vamos a contar con una masterclass durante dos días. Dos días intensivos donde Joel Salatin compartirá todo lo que sabe. Evento que hemos organizado junto con la Granja ecológica Dehesa El Milagro y desde este post os dejamos toda la información para que puedas apuntarte.

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

El mejor agricultor del mundo cree compatible una alta producción en el sector primario con la ecología

El norteamericano Joel Salatin expone en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse en Canarias.

El mejor agricultor del mundo, Joel Salatin, impartió este miércoles en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles un taller donde expuso ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse a cualquier sistema agrícola del mundo y por supuesto, también en Canarias. 

Joel Salatin explica que «el hombre puede participar sobre el paisaje de manera dañina o benévola» y que en el sector primario «la alta producción y la ecología son compatibles». Poder gozar de una agricultura muy productiva al lado de la fauna y la flora supone un lema muy esperanzador. Para ello, el granjero de Virginia, que está considerado por la revista Time como el mejor agricultor del mundo, instruyó a sus seguidores sobre algunos de sus secretos. 
 
Comentó que sus más de 1.000 cabezas de ganado consumen todo el año pasto fresco y sin herbicidas gracias a su sistema de plantación de forraje rotacional. También que tiene grandes ideas para atrapar el agua de las correntías. No es posible obtener carne y leche de calidad si las vacas beben agua donde se hayan filtrado sus orines. Por eso, ha creado una red de tuberías donde puedan beber en plena pradera.
Salatín también presume de tener 60 hectáreas de pasto en floración constante, independientemente de la estación. Para ello ha estudiado el poder de la polinización de las abejas, la voracidad de las arañas y hasta aprovecha las moscas en masa que rondan el estiércol de sus vacas para alimentar, de manera natural, a su granja de pollos. Luego, obtiene huevos y carne cien por cien ecológicos.
 
Este granjero americano produce terneras, cerdos, gallinas, pavos, huevos y conejos para abastecer a 5.000 familias, 25 restaurantes y diez tiendas locales con carne fresca de calidad excepcional.