Joel Salatin, icono del nuevo paradigma agrario

Entrevista a Joel Salatin

Ima Sanchis. -La Vanguardia

Tengo 62 años. Nací en Ohio, pero vivo en la granja familiar Polyface, en el valle Shenandoah, en Virginia, desde los 4 años. Me licencié en Literatura Inglesa. Estoy casado, tengo dos hijos y tres nietos. Defiendo las pequeñas granjas y las cooperativas locales, la integración del humano en la naturaleza

“Si quieres ser útil y feliz, tienes que tocar visceralmente la vida”

Soy ecologista, cristiano, capitalista, libertario y lunático.

¿Lunático?

Eso me llaman, porque todo lo que hacemos en mi granja es lo contrario a la ortodoxia.

Deme un ejemplo.

La ortodoxia dice que a los animales hay que encerrarlos en una instalación y darles de comer. Nosotros dejamos que pasten todo el día, pero los vamos cambiando de lugar para que no sobrepasten.

Entendido.

La ortodoxia dice que si mezclamos distintas especies de animales en un mismo lugar enfermarán, mientras que nosotros hemos demostrado que esa mezcla les hace más saludables.

¿Por qué?

Los animales prosperan en un ciclo simbiótico de alimentación. Las vacas se mueven de un pasto a otro. Gallinas y pollos van detrás de ellas, cavan a través del estiércol y se comen larvas de moscas ricas en proteínas mientras fertilizan el campo con sus excrementos.

¿Cuál es su filosofía?

Cada uno de nosotros debe dejar más tierra ­fértil, más agua limpia y más aire puro que cuando llegó a este mundo. Todos debemos participar en la sanación de nuestro nido.

¿Cómo empezó todo?

Mi padre era economista y mi madre, profesora. Amaban la tierra, compraron la granja y criaron vacas que nunca les dieron de comer.

Mal negocio.

Mi abuelo tenía un huerto ecológico que era mi pasión, era la abundancia, la vida en unos pocos metros cuadrados. Mi sueño siempre fue extender eso a toda la tierra.

Su granja era la peor del pueblo.

Sí, estaba devastada, llena de rocas y zanjas. No había nada de vegetación, la tierra tenía un 1% de materia orgánica. Toda la finca daba de comer a diez vacas.

La ha convertido en un vergel.

Hoy en día las rocas ya están cubiertas de tierra, tenemos un 8% de materia orgánica en el suelo y podemos alimentar a mil vacas. Y todo ello sin fertilizantes, sin químicos ni pesticidas.

¿Cuál ha sido la piedra en el zapato?

El gobierno y su burocracia. Si fuera por ellos, nuestra granja no existiría, pero nunca hemos cejado en nuestro empeño de que esta es la forma correcta de practicar la ganadería, de tratar al paisaje y a los animales.

¿Ha tenido que cometer ilegalidades?

No preguntamos, preferimos pedir perdón a pedir permiso. Pero hay muchas cosas que nos gustaría hacer y son ilegales, como vender leche cruda, ahumar cerdo, construir una silla con nuestra propia madera…

Hasta ahora creíamos que la única manera de ganar dinero como granjero era con la ganadería y el cultivo intensivos.

Estamos en pleno cambio de paradigma. Yo trabajo con varias especies en 60 hectáreas: 1.000 vacas, 800 cerdos, 40.000 pollos por año y 5.000 gallinas ponedoras. De esa manera puedes llegar a ganar 30.000 € por hectárea, sin cemento, ni vallas, ni edificios, ni medicamentos.

Fue usted pionero en la venta directa.

Defiendo el comercio de proximidad, servimos a 5.000 familias, a 50 restaurantes, a 10 tiendas de producto de calidad, recibimos a 1.500 visitantes al año y hacemos seminarios.

Los supermercados no deben estar muy contentos con usted.

A mí me encantaría eliminarlos. Defiendo las pequeñas granjas, las cooperativas locales y la relación productor-consumidor directa. Hay que dejar de subvencionar las granjas industriales y la agricultura química que está destruyendo los recursos del planeta.

¿Qué debemos saber los consumidores?

Que cada día, con las decisiones que tomas con tu comida estás creando el paisaje que heredarán tus hijos, y no hay manera de evadir esa responsabilidad: No hay ni una sola rana en el mundo que se diga una mañana “¡hoy no voy a participar!”, y tu tampoco puedes hacerlo.

¿Y por dónde pasa?

Tres cosas: la primera métete en la cocina, deja de comprar alimentos procesados, pon fin a esa agresión a tu comunidad intestinal.

La segunda.

Tienes que adentrarte en el misterio de la vida a través de pequeñas cosas como un huerto colgante o una planta de tomate en el alféizar de la ventana, si quieres ser útil y feliz tienes que tocar visceralmente la vida. Y mi preferido: en lugar de periquito, ten dos gallinas en casa que se coman los restos de tu comida y te den huevos.

Y la tercera.

Invierte en un sistema alimentario auténtico, comida hecha con integridad. ¿Hay inversión más importante que esa? Todos los imperios colapsaron cuando agotaron los recursos de su suelo, ¿por qué vamos a ser nosotros distintos?

Todo lo que sabe lo comparte en internet.

Quiero que los consumidores encuentren granjas en su área y mantengan el dinero en su comunidad. Hay que descentralizar.

¿Los pequeños agricultores pueden vivir?

Si colaboran entre ellos conseguirán que uno más uno sume tres. Hoy los granjeros sólo obtienen el 9% del dinero que se paga en la tienda por un producto.

¿Qué merece la pena en la vida?

Una vida fértil. Levantarme por la mañana y saber que estoy cuidando de la creación y multiplicando los bienes de esta tierra. Para mí eso es un privilegio y un honor.

Divergente

Tiene brazos como árboles y una felicidad contagiosa. Son famosas sus clases en las universidades por las carcajadas que desata. Se trata, según la revista Time, del mejor granjero del mundo, icono del nuevo paradigma agrario: recuperar el tejido rural, la piel de la tierra, el agua y el aire limpios y una vida digna para los animales de granja, incluidos los granjeros. Salatin lo ha conseguido en su granja de Virginia utilizando métodos de manejo holístico en la cría de animales y la venta a través de marketing directo, y ha creado una lanzadera de jóvenes agricultores. Ha venido invitado por la asociación Organic Managers y la editorial Diente de León, que publica Esto no es normal, el único de sus 12 libros traducido al español.

«Joel Salatin, granjero lunático» por Mónica Fernández

No todo el mundo tiene el privilegio de poder conocer y trabajar con sus ídolos, esos personajes normalmente lejanos e inaccesibles que por el motivo que sea nos inspiran. Todos los tenemos. Para algunos es un futbolista, para otros una cantante. Para mí (y para muchas otras personas en el mundo), es Joel Salatin. He tenido el privilegio de poder traducir al castellano su libro Esto no es normal, editado por la editorial Diente de León, y traducirle a él en vivo durante la masterclass que impartió en abril de 2018 en Dehesa El Milagro, en Toledo.

Mi admiración por este “celebrity farmer” viene de lejos, y a lo largo de los años he leído muchas de las cosas que ha escrito y que se han escrito sobre él. Cuando Diente de León me brindó la oportunidad de entrevistarle para su página web, tenía muy claro que quería hacer una entrevista un poco diferente, sobre todo porque con el tiempo he ido identificando los aspectos que me parecen más importantes sobre su particular visión del universo y, curiosamente, tienen muy poco que ver con mover un rebaño de vacas o construir un gallinero móvil.

En esta entrevista he querido preguntarle a Joel por temas más profundos, más de base dentro de su filosofía. Personas como él, con el paso de los años y después de trabajar mucho en un tema, se vuelven cada vez mejores a la hora de identificar aquello que es esencial. De eso va esta entrevista, de la esencia.

Si después de leer la entrevista Joel ha conseguido despertar tu curiosidad sobre otros aspectos más prácticos de su metodología, desde la editorial Diente de León te traen muy buenas noticias: Joel vuelve a España el próximo mes de mayo para realizar varios eventos en los que podrás aprender más sobre todos esos aspectos cotidianos de la gestión de una granja regenerativa.

Y no viene solo… pero no te cuento más. Puedes acceder a toda la información en este enlace.

 

ENTREVISTA CON JOEL SALATIN

Por Mónica Fernández, www.blogdisidente.com

[Mónica] Después de traducir tu libro Esto no es normal, he tenido la oportunidad de hablar de tu trabajo con muchas personas. A menudo, cuando intento explicar lo que haces, me gusta utilizar tu propia definición de “granjero cristiano, libertario, ecologista, capitalista y lunático”. Inevitablemente, cuando pronuncio la palabra “capitalista”, la gente pone un gesto de condescendencia y dice “bah, americanos” y “el capitalismo es malo”, ese tipo de cosas. Por favor, explícanos por qué utilizas esa frase y específicamente qué significa para ti ser un granjero capitalista.

[Joel] La definición de capitalismo se remonta a los tiempos de Adam Smith y su clásico de economía La riqueza de las naciones, y se expresa simplemente como la necesidad de generar capital para que un negocio prospere.

Antes de esa época, la suposición dominante era que los negocios florecían debido a algún tipo de concesión del rey o del cacique. La idea del capitalismo era liberar a los emprendedores para que crearan negocios e innovaran, desarrollando iniciativas basadas en sus propios méritos financieros, en lugar de ser meros sujetos del estado.

Sin duda, el capitalismo amoral no es mejor que el socialismo, el fascismo, el comunismo o ningún otro “ismo” sin límites éticos y morales. Pero si se restringe con consideraciones morales y éticas, el capitalismo permite que los negocios sirvan las necesidades de la sociedad de la manera más eficiente, creativa y dedicada.

La razón por la que no soy un capitalista “puro” es que este modelo se ha utilizado para justificar la explotación atroz y la codicia. Por eso necesita ser templado con las otras tres palabras: cristiano, libertario y ecologista. Esas tres evitan que el egoísmo del capitalismo puro se desmadre.

[Mónica] Muchos aspirantes a agricultores o ganaderos se encuentran con problemas administrativos aparentemente insalvables incluso antes de empezar a producir. Dado que tú escribiste el libro Everything I Want to Do is Illegal [Todo lo que quiero hacer es ilegal], estoy segura de que conoces muchísimas más historias que yo. ¿Qué puede hacer un agricultor o un ganadero frente a estos obstáculos aparentemente insalvables?

[Joel] Ghandi no liberó la India inclinándose ante Gran Bretaña. La historia de todos los pueblos libres comienza con la esclavitud, que lleva a la rebelión, y termina con la libertad. Estados Unidos no se creó gracias a que todo el mundo se inclinara ante el rey Jorge III. La Historia está llena de ejemplos del poder de los disidentes. Santo cielo, la reforma protestante le asestó un golpe a la perversa inquisición católica, permitiendo que la gente expresara sus propias creencias y siguiera su conciencia. Nosotros los granjeros tenemos el mismo imperativo de hacer lo que es correcto para la tierra, para nuestros animales, nuestras plantas y para la integridad alimentaria que en última instancia alimenta a nuestros vecinos.

Así es si nos preocupamos por nuestros vecinos, si queremos que coman bien, que no coman basura. Si nos preocupamos por nuestra tierra, si queremos cuidarla bien, y que los tiranos burócratas no abusen de ella. Si nos preocupamos por nuestros animales, por hacer lo que es bueno para ellos sin importar lo que le convenga a la ortodoxia industrial tal y como dictan los burócratas.

Los funcionarios del gobierno actúan para agradar a los más poderosos y sus intereses; esta es la naturaleza del gobierno. Entonces, por definición, el gobierno no puede ser innovador; debe proteger y asegurar el statu quo. Esa es la razón por la que cualquiera que pretenda hacer algo innovador va a ir en contra del paradigma cultural, que viene definido por las normativas y los decretos del gobierno.

¿Qué puede hacer un granjero al respecto? Primero, no pedir permiso.

Segundo, crear una tribu lo mayor posible, lo más rápido posible.

Tercero, escoger sus batallas con cuidado. No puedes combatir todas las causas justas; debes escoger con cuidado aquellas que puedas pelear y abandonar las que no puedas. En nuestra granja, no vendemos leche cruda. Podríamos pelear esa batalla, pero elegimos no hacerlo. Pero la que sí peleamos, por ejemplo, es la que dice que no podemos cortar la madera de un vecino en nuestro aserradero. Lo hacemos igualmente, desafiando directamente a la “policía de urbanismo”.  

Cuarto, si vas a trazar una línea en la arena, prepárate para publicitarlo. Utiliza los medios, las redes sociales, moviliza a tu tribu, y pelea a muerte por lo que es justo. Los legisladores están acostumbrados a que la gente se incline; de hecho, se quedan mudos cuando encuentran a alguien con el coraje de no hacerlo.

Quinto, date cuenta de que muchas normativas están sujetas a interpretación. Cuando estuve en España el pasado mes de abril los granjeros me preguntaron cómo podían vender sus huevos si usaban un gallinero móvil que se mojara durante una tormenta, porque los huevos también se mojarían. En Estados Unidos no está permitido vender huevos que no hayan sido lavados en cloro, pero en Europa la normativa es al revés, no permite el lavado. Cuando entendí la diferencia, les pregunté si mojar con agua de lluvia es lo mismo que lavar. Fue divertido ver cómo los granjeros de la sala iban entendiendo gradualmente que, de hecho, un huevo mojado por la lluvia no es lo mismo que un huevo lavado. Este tipo de detalles en las palabras utilizadas para describir las leyes son habituales y hay que sacarles provecho.

Es más, ¿qué significa “vender”? Por ejemplo, en el sistema feudal que en Inglaterra se denomina agister, y que tiene una larga historia, no hay venta ni comercio, sino cuidado de los animales a cambio de una cuota. Entonces, ¿qué ocurre si alguien paga una cuota para que alguien cuide su gallina y después se come los huevos gratis? ¿Es eso “vender” huevos? Por supuesto que no. Si trabajáramos igual de duro para sortear los obstáculos que para cumplir las normas, a estas alturas habríamos avanzado mucho más.

[Mónica] Supongamos que un aspirante a granjero o granjera ha conseguido superar el problema de las normativas. ¿Cuál es el siguiente problema o error más común que comete la gente a la hora de poner en marcha un proyecto agrario?

[Joel] El problema más habitual son las diferencias de visión entre los socios principales (normalmente marido y mujer). Esa es la razón por la que establecer una declaración de objetivos o “misión” es tan importante: define hacia dónde vamos. Si no vamos al mismo sitio, lo que hacemos es pelearnos en cada intersección, o cuando haya que decidir dónde hay que acelerar y donde hay que frenar. Tenemos que estar de acuerdo en el destino final antes de poder entrar juntos en el coche. Esto no es exclusivo de las granjas; ocurre en muchas facetas de la vida, incluyendo los negocios y las familias. Las expectativas dispares provocan disfunciones de forma natural.

[Mónica] Aparte de producir comida, ¿cuál es la siguiente habilidad o conocimiento más importante que debe tener un granjero?

[Joel] Las habilidades en comunicación. Esto está completamente fuera del radar del granjero medio, que suele ser un ermitaño cascarrabias, pero es imprescindible en la comercialización y en el desarrollo de la tribu. Las redes sociales actuales están dominadas por personas que disfrutan de la comunicación y que saben cómo comunicarse. Creo que en nuestros seminarios sobre agricultura deberíamos incluir talleres de escritura y técnicas narrativas.

Los comunicadores efectivos siempre dominan su sector. ¿Quieres cambiar la sociedad? Los comunicadores son agentes de cambio. Les digo a los jóvenes que quieren ser granjeros que se unan al grupo de teatro local, o al club de debate, o sencillamente que comiencen a escribir relatos. Obviamente, es importante ser un lector ávido. Hay un gurú de los negocios que dice que la característica más común a todas las personas que tienen éxito es que leen un montón.

[Mónica] Como granjeros, ¿deberíamos producir tanto como podamos lo más rápido que podamos, o deberíamos enfocarnos en igualar nuestra base de clientes a nuestra producción desde el principio de nuestra actividad?

[Joel] La mayor diferencia entre la venta directa y la venta al por mayor es que en la venta directa no puedes exceder a tu mercado. Si produces una docena de huevos más de lo que tu mercado puede absorber, su valor es cero. Pero en el negocio de la venta al por mayor, el mercado es tan grande que puede aceptar todo lo que produzcas. Si yo añadiera mil vacas mañana, no afectaría en nada el precio del vacuno. Así que, cuando vendes al por mayor, puedes expandirte todo lo rápido que quieras.

Pero por supuesto no tienes ningún control sobre el precio, y la única “ventaja competitiva” que puedes crear es convertirte en el productor más barato, lo que te empuja a explotar tu suelo, a tus trabajadores y tu base de recursos.

En la venta directa, te interesa que tu mercado sea siempre mayor que tu producción. Si es al revés, terminarás regalando cosas para ajustar tu inventario, y eso reduce la ventaja que recibes por ponerte el sombrero del intermediario, que es lo que te proporciona un margen de beneficio mayor.

[Mónica] ¿Por qué crees que hay personas que entienden tu mensaje con rapidez, mientras que hay otras que no lo llegan a entender nunca? ¿Qué es lo que hace que algunas personas entiendan que necesitamos cambiar la manera en la que hacemos las cosas como civilización?

[Joel] Si pudiera responder a esta pregunta, podría movilizar naciones enteras. No lo sé, pero puedo apostar por ciertas características que parecen ser comunes a las personas que lo comprenden.

En primer lugar, son humildes. No dan por sentado que lo saben todo; son buscadores, aprendices de por vida, y no tienen miedo de hacer preguntas.

En segundo lugar, dan por sentado que existen muchas alternativas. No puedo con la gente que dice cosas como “es el único modo” o “eso no se puede hacer”. Casi cualquier cosa se puede lograr a través de distintas vías. Puedes pasar por encima, alrededor, por debajo, lo que sea, todo menos decir “no puedo”.

En tercer lugar, invierten tiempo y energía en relacionarse con personas que les obliguen a ir más allá. El concepto de mastermind para los negocios saca partido a este principio, obligando a la gente a pensar más allá de su propia imaginación. Todos tendemos a caer en la miopía y la rutina. Lee cosas que te incomoden. Hay otro líder del mundo de los negocios que dice que el éxito requiere pasar tiempo con gente con la que normalmente no te asociarías. Bien dicho.

En cuarto lugar, escuchan y observan bien. El rey de la fiesta no suele ser el mejor enterado. Dios nos dio una boca y dos orejas; deberíamos usarlos en consecuencia. Es cierto, soy una persona extrovertida, pero disfruto haciendo preguntas y sentándome a escuchar las conversaciones. Pasa tiempo mirando y observando. Hay un refrán que dice que todos los genios pasan mucho tiempo caminando. El pensamiento silencioso y la meditación son cosas profundas, algo especialmente válido en la era de los medios electrónicos.

[Mónica] ¿Cómo consigues permanecer calmado, tener paz interior, sabiendo que se nos acaba el tiempo en términos de nuestra supervivencia como especie y que tanta gente parece no preocuparse por ello? ¿Alguna reflexión reconfortante que puedas compartir con nosotros?

[Joel] El primer adjetivo del mantra “granjero cristiano, libertario, ecologista, capitalista y lunático” es “cristiano”. No me avergüenzo de mis creencias religiosas ni de mi fe sólida en el Creador, sostenedor y adjudicador definitivo. Así que cuando me asalta la agitación y la desesperanza, sé cuál es el desenlace final, y todo se convierte en una maravillosa celebración.

[Mónica] ¿Qué opinas de las etiquetas? (y no me refiero a las etiquetas de los alimentos, sino a las etiquetas que la gente utiliza para definir lo que hacen o lo que son. Como “Manejo Holístico”, o “Permacultura”, o “Agricultura Regenerativa”, etc. ¿Sirven para algo?)

[Joel] Sin duda ayudan a cubrir mucho terreno con rapidez. En nuestro tribalismo contemporáneo, todos queremos comunicarnos y encontrar amigos con rapidez. Las etiquetas nos ayudan a identificar en seguida áreas de interés comunes, y por lo tanto nos ayudan a desarrollar amistades. Es como una jerga entre iniciados, que ayuda a conocer de forma eficiente qué creencias o conocimientos se comparten.

Por otro lado, también pueden convertirse en un culto hasta el punto de provocar división o parecer elitistas. Yo las acojo todas, las leo todas, y tengo amigos en todas. Creo que ser ecléctico es mucho más importante que ser exclusivo. Todas ponen cosas positivas sobre la mesa. Todas fueron desarrolladas por genios; la mayoría de los genios se enfocan como un láser en algo, y así es como consiguen ser realmente buenos en ello. Celebremos que es así. Pero no lo convirtamos en un culto.

[Mónica] ¿Puedes compartir con nosotros qué piensas sobre ser heterodoxo en el campo de la comida y la agricultura en estos tiempos, y si crees que es importante? ¿Cómo podemos cultivar nuestra “heterodoxia”?

[Joel] Prefiero la palabra “hereje” porque recuerda a la tortura de la Inquisición y la estrechez de miras y firme creencia de la ortodoxia.

En cualquier caso, sí, llevo con orgullo la etiqueta de “heterodoxo” y diría que la forma más fácil de apreciar qué significa es entendiendo cuáles son las creencias de la ortodoxia.

Por ejemplo, la ortodoxia agrícola actual en occidente (que es la agricultura industrial), tiene la creencia de que la vida es fundamentalmente mecánica y no biológica. ¿Qué universidad estudia cómo hacer más felices a los cerdos? La única cuestión es cómo hacer que crezcan más gordos, más grandes y con menos dinero, como si fueran estructuras apiladas e inanimadas de protoplasma que pueden manipularse de la forma más arrogantemente sagaz que puedas imaginar.

La vida no está compuesta de rodamientos, partes intercambiables, muelles y pistones. Una cultura que no se plantee reverenciar la vida no se planteará reverenciar a sus ciudadanos ni a otras culturas.

La ortodoxia de hoy en día tiene la creencia de que el bienestar físico proviene de una jeringuilla o de un bote de medicamentos. Si crees que lo natural es el bienestar y que si estás enfermo es porque nosotros los humanos hemos creado un hábitat adecuado para la enfermedad, entonces eres un hereje. Las vacunas obligatorias, las Buenas Prácticas Agrícolas (una serie de protocolos agrícolas oficiales en Estados Unidos), y los programas de certificación agrícola asumen que sin medicamentos todo el mundo estaría enfermo. Eso es ortodoxo, pero es mentira.

En la actualidad la ortodoxia tiene la creencia de que el suelo es inerte. La hidroponia es genial. De acuerdo con la ortodoxia industrial, podemos inyectar sustancias químicas al suelo en vena y obtener alimentos nutritivos.

Como heterodoxo, puedo decir que los seres humanos son básicamente humus y que el fundamento de la vida es el humus que hay en el suelo, que comienza con el carbono, que alimenta a los microorganismos, que son clave para la salud.

La ortodoxia actual tiene la creencia de que cocinar está por debajo del nivel de dignidad de la gente normal. Deberíamos subcontratar ese servicio a profesionales de la comida en grandes instalaciones industriales para que manipulen, añadan estabilizadores impronunciables, colorantes y conservantes, incluyendo nanopartículas que viajen por nuestros vasos sanguíneos, a la comida, y que esto nos liberará de las mundanas responsabilidades culinarias domésticas.

Como un heterodoxo, yo digo que la única manera de tener integridad en la comida es que el que la prepare tenga que rendir cuentas, y que eso requiere una población participativa que sepa sobre texturas, sabores, olores y técnicas de preparación. Es imposible mantener la autenticidad si la población es ignorante y está completamente desconectada. 

La ortodoxia actual dice que las poblaciones deberían olvidarse de intentar alimentarse a sí mismas, y que deberían importar toda su comida del lugar donde pueda producirse lo más barata posible.

Pero ninguna sociedad ha sobrevivido jamás cuando no ha superado la prueba del autoabastecimiento. La auténtica seguridad requiere seguridad alimentaria, y esta requiere a su vez una economía local activa de producción, procesamiento y preparación.

En la actualidad y en prácticamente todas las esferas, se puede ver la ortodoxia claramente reflejada en las políticas gubernamentales, que son como las políticas corporativas o globales; ambas van de la mano. Yo me guío por la norma de que, si la política oficial dice una cosa, lo contrario es lo cierto, y con frecuencia esta norma me coloca en el lado correcto de las cosas. Esta es una de las razones por las que los fundadores de Estados Unidos temían a la democracia más que a cualquier otra forma política. La ley de la mayoría puede ser tan absurda como la tiranía.

El papel del gobierno no es garantizar el deseo de la mayoría; el papel del gobierno es garantizar que los lunáticos minoritarios de la periferia, los “raros”, no sean criminalizados, demonizados, o marginados por la mayoría. La innovación, por definición, opera alrededor de la periferia, y cuantas más normativas, más leyes y más manipulación del mercado haya por parte del gobierno (la mayoría), menos libertad creativa existirá. Esa es la razón por la que todo aquel que quiera hacer algo diferente debe llevar con orgullo la etiqueta de “heterodoxo”.

 

 


 

Mónica Fernández Perea es Doctora en Ciencias Físicas pero abandonó su carrera científica por su verdadera vocación, dar a conocer los beneficios de alimentos altamente nutritivos como la leche cruda o la carne de pasto, y promover su producción y consumo, primero en su blog personal “Blog Disidente”, y después como coordinadora de la plataforma DeYerba. 

 

«Todos deberíamos tener una gallina en casa»

El granjero más polémico de Estados Unidos, Joel Salatin, apuesta por beber leche cruda y critica que los consumidores no se preocupen por saber de dónde viene su comida: “El mayor riesgo es la ignorancia. Cuando uno es ignorante, le engañan muy fácilmente”.
Se autodefine como “cristiano, libertario, ecologista, capitalista y lunático”. Su charla lo confirma, sobre todo lo extravagante y ecologista. El granjero más polémico de Estados Unidos se llama Joel Salatin y cree que todos deberíamos tener una gallina en casa. “Se comen las sobras, te dan huevos y encima son el perfecto modelo a seguir para los adolescentes: madrugan, comen de todo y se acuestan cuando cae el sol”, explica el también autor, que acaba de publicar Esto no es normal. Recomendaciones de un granjero que ama a los animales (Diente de León). «Salatin minimiza los riesgos de beber leche cruda: “Cualquier producto que no se trate y manipule correctamente, puede ser peligroso” Además de tener una gallina, este granjero, que promueve un modelo de producción distinto, ecológico y que nos devuelva al pasado (agrario), apuesta también por una de las tendencias que en los últimos tiempos más han preocupado a los especialistas en España, la de volver a beber leche cruda. “¿Que si entraña riesgos? ¿Tiene riesgos beber Coca-Cola? Cualquier producto que no se trate y manipule correctamente, puede ser peligroso. Mucha gente hace cosas que para mí lo son, como hacer puenting o dar de comer a sus hijos pollo de granjas industriales. Pero lo importante es que cada uno tome sus riesgos de forma adulta y consciente. Yo nunca bebería leche pasteurizada pero no quiero que el Gobierno lo prohíba. Quiero tener capacidad para decidir”, asegura el propietario de la granja Polyfaces.

Un modelo agrícola ecológico y de proximidad

También resulta chocante que el modelo agrícola que propone, ecológico y de proximidad, pueda convivir con el mundo en este siglo XXI, en el que muchos expertos consideran que sólo es posible la producción industrial. Pero Salatin lo combate con vehemencia, se le notan los trofeos de debate del instituto. “Claro que es posible. Tiramos casi la mitad de la comida que producimos, nunca habíamos desperdiciamos tanto como ahora. Además, al menos en Estados Unidos, con los kilómetros cuadrados que se dedican a césped y a caballos recreativos habría superficie suficiente para todas las granjas que se necesitarían. Y no tengo nada contra los caballos”, explica divertido. Además, el granjero subraya que las ganaderías industriales “sólo muestran en la foto el interior de sus granjas, pero no el espacio que necesitan para cultivar los cereales con los que alimentan a los animales o para verter el estiércol. En nuestro modelo de granja la foto lo enseña todo”. Salatin añade que en un modelo de granja con el suyo, “donde las vacas van cambiando de pastos cada día, el forraje tiene una productividad cinco veces mayor” Salatin recurre a la dehesa española para explicar otro de los problemas que solucionaría volver al modelo agrario que propone. “Los modelos multiespecies son más productivos que los de una sola. Ha ocurrido en la dehesa, antes se criaban cerdos ibéricos, vacas y ovejas. Como el cerdo se volvió tan apreciado se abandonó la cría de vacas y ovejas, lo que ha hecho disminuir la productividad del entorno”.

Más caro sí, pero no en la factura global

Admite el granjero que la comida “íntegra” que él propone sería más cara. “Comida íntegra es comida creíble, económica, ecológica y socialmente. Tiene que ser más caro, porque es como comparar un Dacia con un Mercedes Benz”, explica el granjero. Si ese aumento del precio sería de un 10% o un 30%, Salatin cree que nadie lo sabe, pero sí subraya que la factura “global” se abarataría. “Como siempre que las innovaciones se generalizan, los precios terminarían bajando. Y pagaríamos mucho menos en remedios para la polución, la toxicidad, los patógenos o las enfermedades, por lo que en términos globales sí sería más barato”, aclara. Más allá de eso, Salatin cree que el cambio debe ser cultural. “Nadie espera que un jamón ibérico de bellota sea barato. Aquí hay que tener en cuenta lo que una sociedad está dispuesta a pagar por su tierra, su agua, su aire y su comida. Esto identifica cuáles son sus valores”.

Empezar por una maceta

Al que quiera sumarse al cambio Salatin le recomienda que “busque un granjero”: “En Estados Unidos y sé que también en España cada vez son más las opciones para conseguir productos ecológicos y de proximidad. Sólo hay que dejar de gastar energía en cosas que no necesitamos y ponerlo en descubrir los tesoros agrícolas de la comunidad, que los hay”. Y aún más fácil, el granjero dice que basta con cultivar una hierba aromática o cualquier otra cosa en una simple maceta, ya que nos ayudará a “tocar visceralmente la maravilla de la vida”. Por último, trabajar en la cocina. “No sólo en el microondas, hoy día tenemos yogurteras, heladeras, paneras… cosas por las que tu abuela hubiera dado su ojo derecho. Cocinar nunca ha sido tan fácil”, dice Salatin, tercera generación de granjeros, y convencido de que otra manera de comer es posible, “siempre que cada uno compre comida sin procesar y prepare, cocine y conserve sus propios alimentos, es fácil comer como un rey y pagar como un vasallo”. Fuente: El independiente

2 días con el mejor granjero del mundo

El pasado 21 de octubre presentamos en el Aula Ambiental Bosc Turull en Barcelona nuestro segundo libro “Esto no es normal” de Joel Salatin y el primero del autor en castellano. Para esta presentación nos reservamos dos días que utilizamos para presentar el libro a través de una mesa de debates con ganaderos de diferentes partes de la península y una visita a Planeses en Girona para ver de primera mano un modelo de gestión y producción de alimentos ecológicos. En nuestro blog puedes conocer la experiencia de esos días. Pero algo cambia en nosotros cuando conocemos de primera mano  la visión de este granjero lunático, al igual que cuando compartimos  con agricultores y ganaderos que siguen sus pasos, que aman a los animales, y que nos hacen preguntarnos cómo es posible que nos hayamos alejado tanto de la naturaleza. Este comportamiento y relación con el medio ambiente influye en nuestra alimentación e irremediablemente en nuestra salud. Estos días en las redes hemos querido aportar información en castellano sobre Joel Salatin para acercar su visión. En este campo, Mónica Fernández Perea traductora del libro, asesora de la editorial y coordinadora de la primera plataforma de divulgación y comercialización de carne de pasto, DeYerba hace en su blog disidente un fantástico trabajo de divulgación. Podemos encontrar vídeos traducidos al castellano, entrevistas, series de post y algún post más que seguramente os dejará con ganas de más.  Con esas ganas de más, de aprender, de cambiar, de seguir… nos hemos involucrado en la próxima visita de Joel Salatin a España, no es su primera vez pero esta vez vamos a contar con una masterclass durante dos días. Dos días intensivos donde Joel Salatin compartirá todo lo que sabe. Evento que hemos organizado junto con la Granja ecológica Dehesa El Milagro y desde este post os dejamos toda la información para que puedas apuntarte.

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

«Esto no es normal» de Joel Salatin en el Aula Bosc Turull y visita a Planeses

Este pasado sábado 21 de octubre hemos presentado nuestro segundo libro, el primero en castellano de Joel Salatin:  «Esto no es normal»confesiones de un granjero que ama a los animales, y es que Joel tiene toda la razón, esto no es normal. No es normal una alimentación de empaquetados, no es normal lo desconectados que estamos de la naturaleza y de todo el proceso de cultivo y producción de alimentos. No es normal que hayamos abandonado la independencia de cultivo, producción y hasta, en algunos casos, la culinaria. Salatin nos habla de la importancia de una nutrición sana, estacional, ecológica y local, de la responsabilidad del consumidor con los productores locales y de la importancia de volver a los fogones y rescatar nuestras tradiciones culinarias. Presentación del libro - Aula ambiental Bosc Turull Presentamos el libro en el Aula ambiental Bosc Turull. Un entorno que nos contextualizó  en la agricultura local. Mónica Fernández Perea, traductora del libro, asesora de la editorial y coordinadora de la primera plataforma de divulgación y comercialización de carne de pasto, llevó cada una de las entrevistas de los ganaderos de diferentes partes de la península que estuvieron con nosotros. Entre ellos: Juan Luis Domínguez de Mundos Nuevos, Antonio Gómez de La Solanilla, Pablo Flores de Mas Terra, Marc Gracia de Planeses y el fantástico cocinero Xavier Pellicer, que incorpora el mundo verde y los principios ayurvédicos como eje de su cocina. Y nos habló de cómo por primera vez en la alta gastronomía el producto de la huerta biodinámica es una propuesta fundamental. Mónica Fernández entrevista a Xavier Pellicer A continuación nos deleitamos con las tapas de fermentados de Espai & Seny diseñadas por Alf Mota y los productos de PlanesesFormatges del Pujol-Orra, Corderos Mundos Nuevos y un exquisito vino biodinámico de Bodegas Pinord y Parés Baltà. Como cierre pudimos ver el documental Polyfaces, la película sobre la granja de Joel Salatin realizado por Regrarians Media. En este documental apreciamos cómo se regenera el paisaje de su granja, la relación con la comunidad, las economías locales, la salud del cliente y lo más importante la fertilidad del suelo. Un documental realmente entrañable. Diente de león tiene como objetivo brindar herramientas eficaces para construir un camino hacia la autogestión de la salud y ello nos lleva no sólo a publicar libros sino también a preparar charlas, talleres y eventos de formación. Por ello, organizamos el domingo 22, una visita a Planeses Agricultura regenerativa, llevada de la mano por Marc Gracia, con la idea de ofrecer una estupenda oportunidad para vivir en carne propia todo lo que Joel Salatin nos propone en su libro.   De Marc se pueden decir muchas cosas, es ingeniero de Montes y Doctor en Ecología. Investigador del CREAF con experiencia principal en temas de gestión y conservación de bosques y desarrollo rural en zonas de montaña mediterránea, un gran guía y una persona con una sensibilidad especial para la pedagogía. Con él visitamos diferentes espacios de la finca, pudimos ver cómo se integran las gallinas en el huerto de labranza cero, la cría de patos y de pollos y el paso que quieren dar ahora con ganado vacuno. La alimentación de pasto de los animales es complementada con fermentados producidos en la propia finca y con grano ecológico de procedencia local, así como del propio huerto. De este espacio podéis ver en nuestra galería de fotos de Facebook. Planeses participa en el proyecto “Visita Grangesen el que se pueden realizar visitas para que las personas que quieran puedan conocer directamente el origen de lo que comen, incluyendo ver la finca e instalaciones, la explicación del proyecto, y por supuesto degustación de los productos y venta.

Los esperamos en las siguientes ocasiones.