Estela, la gurú hortelana que revoluciona las técnicas de cultivo

Su pasión por la naturaleza llegó de forma progresiva. Estela Delga no es de las que de la noche a la mañana deciden romper con todo, salir huyendo de la ciudad y pregonar a golpe de tuit las bondades de la vida rural. Lo suyo fue una carrera de fondo cocida a fuego lento. De pequeña iba al monte de excursión con sus padres, hacían barbacoas campestres y lo gozaba descubriendo plantas y animales.

Estela se crio en Girona y cuando terminó la Educación Secundaria optó por estudiar Ilustración. Compartía casa con otros estudiantes y un día decidió comprar cuatro macetas «para realizar mis primeros experimentos, todo muy precario y sin más ambición que comprobar si aquello de los huertos urbanos iba conmigo. La experiencia me encantó».

De la maceta al suelo

Así que, al poco tiempo, cuando pudo alquilar un piso para ella sola amplió su pequeño huerto «y, además, me lance a alquilar un pequeño terreno en un espacio que había al lado de mi casa. Ahí comencé con mis primeros cultivos sobre el suelo». Su intención no era la de convertirse en hortelana sino compaginar su profesión con este hobby. «Disfrutaba mucho viendo cómo crecían las lechugas, los tomates, el brócoli. Plantaba todo aquello que me gustaba comer. Realmente cultivar en macetas es como hacerlo en el suelo, pero en formato bonsái», dice al tiempo que suelta una carcajada.

Y así pasaron los años. Consiguió trabajo como ilustradora en una empresa textil: «Tenía un trabajo como cualquier otra persona. Una vida rutinaria. Pero pronto comenzó a aumentar la presión laboral, padecí mucho estrés y tuve que tomar una decisión. En esos momentos de angustia lo que más me relajaba era dedicarme a mi huerto urbano».

Así que una vez que decidió abandonar su trabajo se vio en la encrucijada de tomar una decisión: «O buscaba empleo como ilustradora y me sometía de nuevo al estrés y la presión o cambiaba completamente de vida. Lo hablé con mi pareja, Adrià, a quien también le gustaba todo aquello relacionado con los cultivos y la naturaleza y decidimos empezar juntos una nueva vida. No fue sencillo tomar la decisión, pero en nuestra familia nos apoyaron desde el primer momento». Así, con poco más de 20 años, ambos se trasladaron a una masía completamente aislada en medio de la sierra de la Garrocha y trabajaban allí cuidando la casa, la huerta y los animales.

«La transición no fue fácil y menos siendo mujer. He tenido que lidiar con muchos comportamientos machistas. Parece mentira cuando, siglos atrás, la mujer era la que cuidaba de los animales, la huerta y la casa. Con la edad moderna cambiaron estos roles y parece que algunos les cuesta evolucionar», dice Estela.

Así, por ejemplo, relata que en los anuncios de trabajo que su pareja y ella encontraban solicitaban un hombre para las labores de labranza y cuidado animal y una mujer para cocinar y limpiar la casa. «Además, he tenido que soportar muchos comentarios como ‘‘qué bien ayudas a tu pareja con el huerto’’ o ‘‘si me gustan las florecillas’’ con la intención de infantilizarme. También, cuando voy a comprar herramientas para el campo, los vendedores dudan de que sea yo quien vaya a utilizarlas o si sabré hacerlo. Es muy desagradable», confiesa.

Aun así, ella no ha desistido en ningún momento. Tanto es así, que ahora podría decirse que se ha convertido en una especie de gurú de las nuevas técnicas de cultivo y suma numerosos seguidores en las redes al tiempo que capitanea cursos de formación sobre permacultura, que es una metodología a través de la cual se generan sistemas de cultivo sostenibles que satisfacen las necesidades humanas, pero siguiendo estrategias de la propia naturaleza.

Pero antes de llegar a la «fama hortícola», Estela y Adriá decidieron mudarse de esa casa aislada de la Garrocha a uno de los pueblos de la sierra: «Me daba miedo estar tan incomunicada, aquí tengo lo mejor de la vida en el campo, pero con carreteras decentes para ir al hospital si lo necesitara. También hay alguna tienda y contacto con otras personas, el sentimiento de comunidad es muy necesario».

Así, instalados en este pueblo de 700 habitantes, decidió crear, tras un largo tiempo de estudio y autoformación, una escuela de horticultura, Vidaverdi, «desde donde enseño a través de cursos, principalmente online, técnicas de agricultura regenerativa». También ha escrito un par de libros, el último «Huerto sin labrar. Cultiva la tierra y tu bienestar» (Editorial Diente de León), en los que transmite esta filosofía agrícola para que cualquiera pueda comenzar a practicarlo con un pequeño huerto en casa. «Unas 500 familias de toda España ya han hecho un curso conmigo, incluso tengo alumnos de Latinoamérica. Es lo bueno de internet», apunta. Además, en su pueblo hay cobertura, un milagro que siempre ansían en la España vaciada.

 

«Ecotécnicas»

Los que, como un servidor, desconozcan las particularidades agrícolas y más aún lo que supone la «labranza cero», Estela lo explica con paciencia y pasión: «Es una técnica que viene de agricultura regenerativa que tiene la finalidad de perturbar lo mínimo el suelo y así cuidar la vida que hay en él. El suelo es un ser vivo complejo en el que conviven bacterias, microrganismos, hongos, gusanos, pequeños insectos… todos ellos conforman una cadena trófica que con las técnicas tradicionales de labranza se acaban destruyendo debido a su agresividad y el elevado número de productos agresivos que acaban con esta microfauna».

En resumen, según apunta la experta, con labranza cero se cuida y alimenta el suelo del que luego nacerán los alimentos que más tarde comeremos. «Además, el valor nutricional de los productos que se cultivan de este modo es mucho más elevado. Cuando se cultiva en una tierra con bajos niveles de calcio, nitrógeno, zinc y otra serie de minerales, la hortaliza que saldrá estará completamente aguada a nivel nutricional. No va a tener tanta potencia como si se hace en una tierra fértil con muchos más nutrientes. Nuestras lechugas son crujientes y sabrosas», señala orgullosa. Ella también enseña cómo hacer el propio compost con los desperdicios orgánicos que se generan en casa.

Con esta filosofía, no solo se genera un sistema más respetuoso con el medioambiente, sino que, además, se lucha contra la desertificación y muerte de los terrenos de cultivo. Estela ha fabricado incluso sus propias herramientas para realizar estas «ecotécnicas».

Tal es su pasión por la naturaleza que no quiere oír ni hablar del regreso a la ciudad. No echa en falta su otrora vida cosmopolita: «La ciudad es ruido, el campo es vida», sentencia.