Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

Solomillos de lujo

Javier Fórcola retoma y traduce ‘Panamá Al Brown’, una estupenda y emocionante biografía-homenaje de Eduardo Arroyo al boxeador Alfonso Teófilo Brown

1. Regeneración

La forza del destino: Kid Chocolate (1972), obra de Eduardo Arroyo.
Pertenezco a una generación que, en general, no ha mostrado hasta hace bien poco lo que podríamos llamar “conciencia animalista”. Nunca leí entero —ni siquiera de primera mano— Liberación animal (Trotta), de Peter Singer, un libro fundacional de hace 40 años que aquí se publicó un cuarto de siglo después, lo que ya es un dato sobre el nulo interés que entre nosotros suscitaba el asunto. Y recuerdo con rubor no haberme tomado demasiado en serio a mi admirado Jorge Riechmann cuando intentaba explicarme —hace ya dos décadas— de qué iba la nueva ética animalista; incluso quiero recordar (y aún me sonrojo) haber empleado como defensa dialéctica ante sus argumentos una frase-mantra de Sartre (de Las palabras) en la que, a propósito del cariño que alguien profesaba a alguna mascota, el filósofo al que más he admirado y que más veces se equivocó pontificaba que cuando se ama demasiado a los animales, se los ama contra las personas. Peor aún (si se me permite una pequeña frivolidad autobiográfica): me gustan tanto las hamburguesas a la parrilla que cuando las saboreo me resulta difícil caer en la cuenta de que me estoy zampando carne de un animal —como yo— que ha experimentado un largo proceso de maltrato y sufrimiento hasta llegar a mi estómago. Viene esto a cuento de que el otro día pasé por delante de una de esas modernas y lujosas carnicerías en las que las piezas de carne sacrificada —cabezas, cuartos traseros, jugosos costillares— cuelgan artísticamente y en diversas fases de maduración en el interior de escaparates frigoríficos, como si se tratara de una colección de ropa de invierno preparada para que algún miembro de la familia Casiraghi, pongo por caso, elija una prenda para lucirla en su refugio invernal de Gstaad. De repente, experimenté como un pequeño satorio iluminación, y me vi allí dentro, desollado y colgando despiezado —tronco, muslos, abdomen— como si fuera un modelo para un ecorché de Andrea Vesalio. La carne yendo a la carne, me dije con un punto de repugnancia canibalesca (se calcula que matamos a más de 56.000 millones de animales al año). Bueno, no sé cuánto tiempo me durará la abstinencia de carne (la mía es débil), pero les aseguro que llevo desde entonces evitándola concienzudamente, quizá porque nunca me había sentido tan próximo a un caníbal. Reconozco que a ello me ayuda bastante la lectura del muy militante y audaz Zoópolisuna revolución animalista (Errata Naturae), de los filósofos Sue Donaldson y Will Kymlicka, pero no sólo. Mucho más cercanos a nuestra cotidianidad alimenticia son, por ejemplo, algunos de los libros del catálogo de Diente de León, cuya directora, Ana Azcárate, está empeñada en la limpieza y regeneración del organismo. Les recomiendo, por ejemplo, Esto no es normal, de Joel Salatin, un compendio de sabiduría y sentido común a cargo de un granjero que sabe de lo que habla.

2. Estudios

La primera vez que entré en el estudio de un pintor fue en el de mi tío, Juan Guillermo (1916-1968), joven miembro de la llamada Escuela de Madrid, hoy menos conocido de lo que debiera. Me sentía tan a gusto en aquel ámbito que durante un verano de mi adolescencia decidí montarme uno por mi cuenta y emborronar docenas de cartones y lienzos con efigies planas y expresionistas al acrílico, que copiaba de lo que entonces hacía Modest Cuixart, cuya pintura admiraba. Nunca volví a pintar, pero he seguido visitando estudios de pintores siempre que se me presenta la ocasión. El más bello, ordenado y envidiable —allí me quedaría a vivir para siempre— es el de Eduardo Arroyo, en un piso interminable y aromático de la Costanilla de los Ángeles. Parte de su luminosa hermosura se debe, supongo, a que, además de lienzos y toda clase de tubos, pinceles y “recados de pintar”, el espacio está lleno de libros. Arroyo pinta, lee y ama los libros. Y es propietario de varias bibliotecas temáticas en las que vuelca y sublima sus mitomanías. Una de ellas es el boxeo, un deporte/arte del que colecciona todo lo que encuentra. Arroyo es además un estupendo escritor: intuitivo y apasionado, con ojo para el detalle (que es donde se refugia casi todo lo que impulsa un gran cuadro/libro). Ahora Javier Fórcola, un editor atento al aire del tiempo, retoma y traduce —ampliado— Panamá Al Brown, una estupenda, emocionante biografía-homenaje de Alfonso Teófilo Brown (1902-1951), que Arroyo compuso a mayor gloria de aquel peso gallo que surgió de la sordidez y la miseria, revolucionó el boxeo, conquistó el mundo, disfrutó de la opulencia y el capricho con esa furia frenética que solo proporciona la venganza, y murió enfermo y abandonado de todos. En el fondo, (otra) historia inmortal.

3. Maoístas

Más allá de la crónica apasionante/espeluznante La cuarta espada (Debate, 2007), de Santiago Roncagliolo, y de novelas (del propio Roncagliolo, de Vargas Llosa, de Alonso Cueto) que tratan directa u oblicuamente el conflicto que desgarró al Perú de los ochenta (y más allá), Breve historia de Sendero Luminoso(Catarata), de Jerónimo Ríos y Marté Sánchez, constituye una eficaz síntesis de los orígenes, la evolución ideológica y táctica y la derrota final (hasta su posterior marginalización narcoguerrillera) de la única organización revolucionaria de carácter maoísta (y no foquista o guevarista) que llegó a tener influencia en América Latina. Una historia terrible (casi 70.000 muertos) punteada por la crueldad y la barbarie sin límite (matanzas, asesinatos, torturas) desatadas tanto por la organización de Abimael Guzmán —un potencial Pol Pot andino— como por las fuerzas (legales o no) encargadas de su represión, y que culminaron durante el mandato de la corrupta cleptocracia Fujimori/Montesinos. Un relato atroz que ni siquiera admite el consuelo de la suspensión de la incredulidad. Fuente: El país

El mejor agricultor del mundo cree compatible una alta producción en el sector primario con la ecología

El norteamericano Joel Salatin expone en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse en Canarias.

El mejor agricultor del mundo, Joel Salatin, impartió este miércoles en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles un taller donde expuso ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse a cualquier sistema agrícola del mundo y por supuesto, también en Canarias. 

Joel Salatin explica que «el hombre puede participar sobre el paisaje de manera dañina o benévola» y que en el sector primario «la alta producción y la ecología son compatibles». Poder gozar de una agricultura muy productiva al lado de la fauna y la flora supone un lema muy esperanzador. Para ello, el granjero de Virginia, que está considerado por la revista Time como el mejor agricultor del mundo, instruyó a sus seguidores sobre algunos de sus secretos. 
 
Comentó que sus más de 1.000 cabezas de ganado consumen todo el año pasto fresco y sin herbicidas gracias a su sistema de plantación de forraje rotacional. También que tiene grandes ideas para atrapar el agua de las correntías. No es posible obtener carne y leche de calidad si las vacas beben agua donde se hayan filtrado sus orines. Por eso, ha creado una red de tuberías donde puedan beber en plena pradera.
Salatín también presume de tener 60 hectáreas de pasto en floración constante, independientemente de la estación. Para ello ha estudiado el poder de la polinización de las abejas, la voracidad de las arañas y hasta aprovecha las moscas en masa que rondan el estiércol de sus vacas para alimentar, de manera natural, a su granja de pollos. Luego, obtiene huevos y carne cien por cien ecológicos.
 
Este granjero americano produce terneras, cerdos, gallinas, pavos, huevos y conejos para abastecer a 5.000 familias, 25 restaurantes y diez tiendas locales con carne fresca de calidad excepcional. 

El mejor agricultor del mundo cree compatible una alta producción en el sector primario con la ecología

El norteamericano Joel Salatin expone en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse en Canarias.

El mejor agricultor del mundo, Joel Salatin, impartió este miércoles en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles un taller donde expuso ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse a cualquier sistema agrícola del mundo y por supuesto, también en Canarias. 

Joel Salatin explica que «el hombre puede participar sobre el paisaje de manera dañina o benévola» y que en el sector primario «la alta producción y la ecología son compatibles». Poder gozar de una agricultura muy productiva al lado de la fauna y la flora supone un lema muy esperanzador. Para ello, el granjero de Virginia, que está considerado por la revista Time como el mejor agricultor del mundo, instruyó a sus seguidores sobre algunos de sus secretos. 
 
Comentó que sus más de 1.000 cabezas de ganado consumen todo el año pasto fresco y sin herbicidas gracias a su sistema de plantación de forraje rotacional. También que tiene grandes ideas para atrapar el agua de las correntías. No es posible obtener carne y leche de calidad si las vacas beben agua donde se hayan filtrado sus orines. Por eso, ha creado una red de tuberías donde puedan beber en plena pradera.
Salatín también presume de tener 60 hectáreas de pasto en floración constante, independientemente de la estación. Para ello ha estudiado el poder de la polinización de las abejas, la voracidad de las arañas y hasta aprovecha las moscas en masa que rondan el estiércol de sus vacas para alimentar, de manera natural, a su granja de pollos. Luego, obtiene huevos y carne cien por cien ecológicos.
 
Este granjero americano produce terneras, cerdos, gallinas, pavos, huevos y conejos para abastecer a 5.000 familias, 25 restaurantes y diez tiendas locales con carne fresca de calidad excepcional. 

El mejor agricultor del mundo cree compatible una alta producción en el sector primario con la ecología

El norteamericano Joel Salatin expone en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse en Canarias.

El mejor agricultor del mundo, Joel Salatin, impartió este miércoles en el Seminario Internacional de Comarcas Sostenibles un taller donde expuso ideas innovadoras, convencido de que pueden aplicarse a cualquier sistema agrícola del mundo y por supuesto, también en Canarias. 

Joel Salatin explica que «el hombre puede participar sobre el paisaje de manera dañina o benévola» y que en el sector primario «la alta producción y la ecología son compatibles». Poder gozar de una agricultura muy productiva al lado de la fauna y la flora supone un lema muy esperanzador. Para ello, el granjero de Virginia, que está considerado por la revista Time como el mejor agricultor del mundo, instruyó a sus seguidores sobre algunos de sus secretos. 
 
Comentó que sus más de 1.000 cabezas de ganado consumen todo el año pasto fresco y sin herbicidas gracias a su sistema de plantación de forraje rotacional. También que tiene grandes ideas para atrapar el agua de las correntías. No es posible obtener carne y leche de calidad si las vacas beben agua donde se hayan filtrado sus orines. Por eso, ha creado una red de tuberías donde puedan beber en plena pradera.
Salatín también presume de tener 60 hectáreas de pasto en floración constante, independientemente de la estación. Para ello ha estudiado el poder de la polinización de las abejas, la voracidad de las arañas y hasta aprovecha las moscas en masa que rondan el estiércol de sus vacas para alimentar, de manera natural, a su granja de pollos. Luego, obtiene huevos y carne cien por cien ecológicos.
 
Este granjero americano produce terneras, cerdos, gallinas, pavos, huevos y conejos para abastecer a 5.000 familias, 25 restaurantes y diez tiendas locales con carne fresca de calidad excepcional.